Oh las veces que París/ o cualquier
ciudad del
mundo/ fue tu
cuello./
¿Qué querés que haga?/ está en mi naturaleza/ de
vampiro/ vos
nunca
dejes de
morderme.


E. Rodrígez


PARA LEER EN FORMA INTERROGATIVA

Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...

Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás...

Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...

Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,

había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.


Julio Cortázar

viernes, 6 de noviembre de 2009


La gravedad del instante, la disímil tragedia de un color caliente devuelto apariencia. Circunstancia. No-obviedad.

Se pueden hacer tantos circulitos en la arena como quieras.
Me siento un puntito negro en una hoja de papel en blanco. Perdido, buscando el sentido de por qué esta ahí, a quién le servirá, de qué dibujo formará parte, qué mano vino y lo puso ahí… qué mano….

Fantaseo, luego existo.

Todo me hace temblar. Agarro ese libro y pareciera que se burlara de mí, que se metiera en los intersticios de mi mente y lograra escarbarla, codificarla en mi lengua y servirse sexual frente a mis ojos.
“Sólo es un libro”, pienso.
¿De qué servirá pensarlo?, sí, sé que es un libro pero no pasa por una cuestión física o lógica (¿real?); sino porque hay un sentimiento que altera estos sentidos, se coagula mi adrenalina atenta a seguir el orden imperioso que esas letras gestan. Algo nace y muere.

Todo libro debería de tener un auténtico monstruo esperando en alguna de sus hojas.

Esperando que la ficción del libro y la del lector se unan y todo parezca volverse real, real y una sola cosa, una sola cosa y real.

Lo fantástico (en mi estado actual y el del libro que ya me lame los pies a estas alturas) es mi noche, es el viento huracanado que barre el polvo viejo del tiempo parado, viciado, no-potable. La espera es un claro ejemplo de lo bello y mortal de lo aparente. La gravedad del instante también lo es.

Decido penetrar tu cotidianeidad desde una constante permanencia en lo absurdo. Acuerdo con mis límites nunca jamás respetarlos. Me agarro furiosamente otra vez del hilo, del espejo y de nuestras vueltas en calesita. Me enojo continuadas veces por mi accionar, porque no aprendí a soltar, porque no puedo romper a pedazos el vicio… porque son muchos años y ese tiempo succiona cada músculo que insiste, -e insiste bien-, en caminar hacia delante.

Son esos días, en que lo que está y como está lo siento mal predispuesto, mal equilibrado, mal distribuido… y no puedo más que volver mi cabeza un rompecabezas y jugar a que lo que se arma es un laberinto, por lo tanto sólo cuando termine el rompecabezas (y atender muy bien a la lectura de esta palabra) podré recién tomar un lápiz (y no olvidar jamás la goma) para empezar a trazar circulitos o algo que se asemeje en su huella total a una puerta, una ventana, una llegada a brazos, a cuerpos, pieles…
E.B.

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